sábado, 2 de octubre de 2010

Trapitos al sol


Por las mañanas trabajo en un lugar que queda sobre la Avenida Santa Fe y a las dos de la tarde salgo corriendo hacia mi segundo trabajo en un museo que está a dieciséis cuadras de distancia. Dieciséis cuadras de vidrieras que en algún momento resultaban tentadoras y me llevaron a armar grandes desórdenes en mis finanzas. Esta temporada confirmé algo que vengo observando hace un tiempo: todos los negocios tienen la misma ropa. Las vidrieras se extienden desde Callao hasta Laprida como una uniforme serpertina de vestiditos floreados, calzas y polleras tiro alto. Es por eso que cada vez encuentro más encantadora una tiendita pasada de moda que intuyo habrá tenido sus días de gloria pero quedó presa de sus artimañas ochentosas para captar al público.
La enorme vidriera en L está decorada con capelinas, botellas de perfume vacías (¡y qué perfumes! Lou Lou, Anais Anais, Amarige, Chanel n. 5) y el detalle que más me toca el alma es que cada prenda tiene un cartelito escrito a mano con caligrafía rimbombante el nombre de la tela con que está hecha. Poplin, Rayón, Seda natural, Batista, Georgette. Nunca, jamás un Modal. Algún día voy a entrar a probarme uno de sus camisolines infames solo para que la vendedora se sacuda el polvo y me diga que la blusa me queda pintada.

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