miércoles, 1 de abril de 2009


Las peluquerías son territorio salvaje. El ruido de los secadores y la música de fondo alientan cierta impunidad que lleva a las mujeres a decir casi cualquier cosa. Nunca estoy cómoda en ellas. Me siento indigna. Para empezar, no me interesa en lo más mínimo lo que se está haciendo la de al lado. Jamás me hago amiga de los peluqueros ni les cuento cosas personales. Soy inmune a los ofrecimientos de: ampollas humectantes, manicura, cafecito, masaje tailandés, baño de luz. Sólo quiero cortarme el pelo. No hay nada que delate que una vez al mes, religiosamente, acudo a cierto salón de belleza. Hasta ayer. Fue ayer que me convertí en una típica clienta de peluquería por aproximadamente cuarenta minutos. El detonante: un desubicado que me robó el turno para aplicarse un producto alisante. Lo detesté, deseé que el pelo se le quemara, sonreí pensando en lo espantoso que le quedaría el pastiche, le dirigí miradas fulminantes. Todo en mi cara decía: no me puede sacar el turno en la peluquería un pibe, ¡a lo que hemos llegado! De repente me vi en el espejo y sentí vergüenza. Recordé la seguridad con que mi primito me había dicho días atrás con gesto severo "las mujeres tienen que tener el pelo largo". Y me odié por haber pensado, toda prejuiciosa yo también, "los hombres no pueden alisarse el pelo".

Que conste que al chico le quedaban mucho mejor sus rulos naturales.

2 comentarios:

clarita dijo...

Ahora que leo esto, y sintiéndome identificada con varias cosas, me doy cuenta que ir a la peluquería es para mí en cierto punto agotador porque me hace pensar muchísimo e indignarme por cualquier pelotudez (como por ejemplo las mujeres que caminan como modelando el turbante de toalla y sosteniendo la cartera apenas con las puntas de los dedos porque se hicieron las manos).

Personas en la sala dijo...

Y las que además toman cafecito y almuerzan ahí???? Es muy gracioso verlas atragantarse una ensaladota cuidandose de arruinar las uñas.