martes, 29 de junio de 2010

Paz y amor




Tengo un vago recuerdo del día en que nació mi hermana. Hacía calor y estaba un poco desilusionada porque no era varón y otro tanto asustada por la futura competencia. Hacía bien en temer porque mi hermana era un bebé hermoso, siempre sonriente, nunca un berrinche. Había que eliminarla. Después de un par de intentos fallidos que terminaban siempre con la misma frase: mamá, se me cayó, me di por vencida y la adoré. Mientras que yo era una niñita más bien cobarde en términos de destreza física mi hermana sabía andar a caballo, manejar un auto y practicar todos los deportes a la edad de ocho años, habilidades que mi papá había intentado inculcarme en su momento y que yo desdeñé declarando una incuestionable devoción por la lectura y otras actividades del espíritu. La pura verdad es que no me daba el cuero. A medida que fuimos creciendo se hizo evidente su talento para hacer amigos, va por la vida conquistando gente como con una varita mágica. Yo fui una de sus primeras fans, la sigo desde entonces como un ratón al flautista de Hamelin. Mi hermana es preciosa por donde se la mire, me hace reír como ninguna hierba y cuando estoy con ella soy feliz, tan sencillo como eso.

2 comentarios:

Marie dijo...

qué envidia
mi hermano me hace sufrir angustias anticipatorias, más que nada

Alicia Seminara dijo...

Adoré.